Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Casi en seguida Fouquet llamó a Gourville, que atravesó la galería en medio de la expectación universal,
y por fin reapareció entre sus convidados; pero no pálido y descompuesto como al salir, sino lívido y des-
conocido. Espectro viviente, Fouquet se adelantaba con los brazos caídos y seca la boca, como cadáver que
viniese a saludar a sus amigos de la vida. Al ver al ministro, todos se levantaron y se abalanzaron a él des-
haciéndose en lamentos. Fouquet miró a Pelissón, se apoyó en su esposa, y estrechó la mano a la Belliere.
--¿Y bien? ¿Qué pasa? --preguntaron todos a una.
Fouquet abrió su crispada y sudorosa mano derecha y mostró un papel sobre el cual, y lleno de espanto,
se precipitó Pelissón, que leyó las siguientes líneas de puño y letra del rey:

“Mi querido y estimado señor fouquet: del dinero nuestro que todavía queda en vuestro poder, dadnos se-
tecientas mil libras que nos hacen falta hoy para nuestra partida.
Sabiendo que vuestra salud no es buena, suplicamos a dios que os la devuelva y os tenga en su santa
guarda. Luis”.
“La presente sirve de recibo.”

Un murmullo de espanto circuló por la sala...
--Bueno --exclamó Pelissón a su vez, --habéis recibido esta carta, ¿no es así?
--Así es, --respondió Fouquet.
--¿Qué pensáis hacer?
--Nada, pues la he recibido. Si la he recibido es señal de que la he pagado, --repuso el superintendente
con naturalidad que arrancó el corazón de sus amigos.
--¡Que habéis pagado! --exclamó la esposa de Fouquet con desesperación. --¡Entonces estamos perdi-
dos!
--Vaya, dejémonos de palabras inútiles, --dijo Pelissón. --Ya que habéis perdido el dinero, salvad la
vida. ¡A caballo, monseñor! ¡A caballo!
--¡Pero si no puede sostenerse en pie! --¡Ah! --dijo el intrépido Pelissón, --si entramos en reflexiones...
--Tiene razón. --murmuró Fouquet.
--¡Monseñor! ¡Monseñor! --gritó gourville subiendo de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera.
--¿Qué hay?
--Como sabéis, he salido acompañando al correo de su Majestad con el dinero. Pues bien, al llegar a pa-
lacio he visto...
--Toma un poco de aliento, amigo mío, estás sofocado.
--¿Qué habéis visto? --preguntaron con impaciencia los amigos.
--He visto a los mosqueteros montar a caballo.
--Veis, veis --exclamaron todos.
--No hay que perder minuto.
La señora de Fouquet se salió precipitadamente a la escalera y ordenó que engancharan.
--Señora, --dijo la Belliere echándose en pos de aquélla y deteniéndola, --por su salvación os lo ruego,
no demostréis nada ni manifestéis la menor alarma,
Pelissón salió para disponer que prepararan las carrozas.
Mientras, Gourville recogió en un sombrero lo que los desconsolados y despavoridos amigos de Fouquet
pudieron depositar en él, última ofrenta, piadosa limosna hecha por la pobreza al infortunio.
Llevados por los unos y sostenido por los otros, el superintendente fue encerrado en su carroza.
Gourville se subió al pescante y empuñó las riendas, y Pelissón sostuvo en sus brazos a la desmayada es-
posa de Fouquet. En cuando a la Belliere, fue más enérgica, y recibió el pago, recogiendo el último beso del
ministro.

CONSEJOS DE AMIGO

D'Artagnan y Fouquet partieron y éste con tal rapidez que aumentaba el tierno interés de sus amigos. Los
primeros momentos del viaje, o mejor, de esta fuga, fueron turbados por el continuo temor que inspiraban
al fugitivo los caballos y coches que tras sí veía. No era natural, en efecto, que Luis XIV dejase escapar su
presa. El joven león había husmeado la caza y tenía muy buenos perros para estar descuidado. Mas, insen-
siblemente, todos los temores fueron desapareciendo: el superintendente, a fuerza de correr tomó tal delan-
tera a los perseguidores que, razonablemente, no podían alcanzarle. En cuanto al hecho, sus amigos encon-
traron una excelente disculpa. ¿No debía ir a Nantes a reunirse con el rey? Pues su precipitación era prueba
de su celo.
Llegó cansado pero tranquilo a Orleans, en donde, gracias a los cuidados de su correo que le había prece-
dido, encontró una hermosa embarcación en forma de góndola, pero más larga y pesada, de las que enton-
ces hacían el servicio entre Nantes y Orleans por el Loira, travesía larga, aún hoy, que entonces parecía más
agradable y cómoda que no el camino real con sus caballos de posta y sus malas y mal suspendidas carro-
zas.
Fouquet partió en seguida. Los remeros, sabiendo que tenían el honor de conducir al superintendente de


 

 
 

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